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El día de mi boda

Recuerdo prácticamente cada uno de los días mientras preparaba y diseñaba mi boda, quería que todo estuviera a gusto de todo el mundo, que mi boda fuera tal y como la llevaba soñando desde bien pequeña.

Por motivos del trabajo de mi marido, me vi obligada a elegir prácticamente todo sola; alianzas, luces de la discoteca, manteles, sillas y demás, y muchos días sentía una desazón muy grande de no tener a nadie cerca que me ayudara de verdad a disfrutar del camino. Además quise hacer todo DIY; lágrimas de felicidad, pomperos (hasta el jabón de las pompas era casero), teñí las pashminas de las invitadas, decoré las chanclas, hice mermelada casera de naranja para los invitados (incluyendo las etiquetas), construí muebles de pallets y cajas de fruta para la decoración y aún así me faltaron muchísimas cosas por hacer… parecía una mujer orquesta y en muchas ocasiones hubiera necesitado que alguien me guiara un poco y me ayudara a dar la prioridad correcta a las cosas.

Mermeladas para boda


Y llegó el día…

Además el día de mi boda me empeñé en montarlo todo yo (aquí más de una se estará llevando las manos a la cabeza), menos mal que unos amigos acudieron en mi ayuda y mi marido también estuvo. Aún así, casándome a las 19h, entraba por la puerta de mi casa a las 16.45 con la ropa de trabajo y las zapatillas de deporte. Recuerdo cómo mi maquilladora y peluquera se echaba las manos a la cabeza porque no íbamos a llegar a tiempo.

Mientras me peinaba no pude soltar el teléfono ni un momento: el conductor del autobús que teníamos contratado me llamó para preguntarme que porqué no salían los invitados del hotel (casi el 50% de los invitados venían de fuera), unos primos que venían desde Alemania se perdieron para llegar a mi casa y también tuve que indicarles cómo llegar, la dueña del catering (que era la que se encargaba de todo) me llamó para decirme que de la nada le habían salido cuatro cubiertos más que tenía que pagar… En fin, menos mal que de algún lugar me cayó un buen cubo de paciencia y relax y ese día me lo tomé todo con una filosofía que ni el Dalai Lama.

Ahora sí que sí

El momento había llegado, era consciente de que no podía salir nada mal, ya habíamos decorado todo al gusto, solamente le había dejado a la finca unas cuantas tonterías por cerrar y no quería que ningún familiar ni amig@ tuviera que encargarse de nada, así que no había nadie para la organización del día (pero no pasaba nada porque yo estaba todo controlado, ilusa de mí… jajaja).

Recuerdo estar entrando a la ceremonia y preguntarme porqué no estaba el jarrón con paniculata que le había pedido a la mujer del catering que pusiera en la silla acompañando al cartel de “bienvenidos” (y me dije: “relájate y disfruta”) y así empezó el día…

Cuando nos dimos el beso de “recién casados” los invitados no sabían lo que hacer así que se quedaron de pie en sus sillas mientras salíamos, no hubo salida “bonita” con las pompas que había preparado, no hubo pasillo de invitados, la gente no sabía si quedarse en sus sillas o salir a darnos un beso… Hasta que yo misma fui la que dijo a los invitados que se acercaran y la que posteriormente les invité a que fueran para la zona del cóctel porque nos íbamos a hacer las fotos.

También le pedimos a la mujer de la finca que no hubiera ningún mantel negro el día de la boda (manías de una, además había pagado un suplemento para tener manteles de lino gris) y allí estaba, ¡¡en la mesa enorme del cortador de jamón!! Me fastidió especialmente, ya que, le había dicho que nos lo reservara porque lo habíamos utilizado en las fotos de preboda a modo de telón (se me ocurrió y me hacía mucha ilusión hacer otra foto el día de la boda “bajando el telón” y saliendo vestidos de novios).

Decoracíon de bodas en Madrid


Si seguimos la cronología del día, durante los preparativos y después de una crisis existencial por intentar formar la mesa presidencial (viniendo de dos familias con padres separados y con nuevas parejas…) decidimos que cenaríamos solos, así podríamos tener un pequeño “Kit Kat” en un día tan ajetreado y cuál fue nuestra sorpresa (una vez más) que al llegar a nuestra mesa nos la habían montado para seis, ¡¡Ahora me cuadraban los cuatro cubiertos de más!! Yo ya estaba que no me lo podía creer, pero bueno, hablé con un camarero y tardaron menos de nada en quitar los cuatro cubiertos. Me dio especial rabia porque la mujer del catering sabía de sobra que queríamos cenar solos y se sorprendió mucho cuando se lo conté porque era la primera vez que lo hacía.

Durante la cena nos hizo un frío de pelar, ya sabíamos que calor no nos iba a hacer, pero desde el catering no nos dieron previamente la posibilidad de alquilar unas estufas de exterior ( y yo estaba a tantas cosas que ni caí). De hecho, con los no-nervios de ese día, ni me di cuenta de que al terminar la ceremonia salieron todos los invitados en tropel a por las pashminas y no quedó ni una, hasta los chicos que vinieron sin chaqueta (porque que yo previamente había mandado un mail diciendo que entendía que era una putada en pleno mes de junio que fueran todos forrados cual cebollas, y que no hacía falta que vinieran en traje de chaqueta), los pobres pasaron frío de verdad y alguno parecía la pantoja con tanto colorido y fleco por encima.

Volviendo a la cena

Al finalizarla, nos pusieron un vídeo que nos había hecho la familia y amigos y cuál fue mi sorpresa que el taburete que con tanto mimo había restaurado para la zona de las chanclas lo habían cogido para poner el proyector, además nunca volvió al lugar de donde había salido y el cojín que compré expresamente para él tardó un par de días en aparecer.

Dejé perfectamente montado el candy bar sin chuches para que no se pusieran feas pero como sabía exactamente dónde quería cada gominola dejé unos papelitos pegados con celo y rotulador negro para indicarle a la mujer del catering qué gominola iba en cada tarro. Cuando llegamos al baile ¡¡allí estaban los cartelitos horribles!! Corrí a quitarlos para que nadie se diera cuenta y por si fuera poco la caja enorme de cartón de “Fini” donde guardaba las golosinas estaba debajo de la mesa de madera del candy (sale en todas las fotos de la discoteca, pero yo me di cuenta ese día, bastante tenía ya).

Y ya por último, el palé que había lijado y pintado para poner las chanclas lo puse apoyado en una columna para que junto al taburete inexistente hiciera un rincón de ensueño y las invitadas pudieran quitarse los tacones y seguir bailando, pues bien, después de lo de ver el candy bar giré la cabeza y allí estaba, ¡¡me habían puesto el altavoz de la discoteca justo delante de mi superpalé de chanclas y no se veía bien!!

Y ya para colmo, en la recena habíamos pedido empanadas y nos sacaron unos sandwiches de pastas varias de colores que no se comió nadie.

El día después

Llegamos a casa a las 6 de la mañana pero nos levantamos a las 10 para desayunar con la familia que se había quedado a dormir en el pueblo y después mi marido y yo nos fuimos a desmontar la finca, aquel día comimos a las 17.30 de la tarde, pero no nos importó porque estábamos en la nube de los recién casados.

Conclusión: ¿Disfruté? ¡A pesar de todo, como una enana! y fue el día más feliz de mi vida hasta hoy, pero he de reconocer que si lo volviera a hacerlo cambiaría muchas cosas; y lo primero sería contar con una persona que se encargara de que todo estuviera a nuestro gusto, que hubiera coordinado la entrada y la salida de los novios, que ayudara a los invitados con las dudas o lo que hiciera falta ese día, alguien que confirmara que en la cocina todo estaba perfectamente, que todo iba a salir bien. Y por supuesto alguien que junto a mi, se encargara del proyecto de la decoración y luego del montaje y desmontaje de todo para que nosotros nos dedicáramos a DISFRUTAR.
 

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Etiquetas: bodaslifestyle

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