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¿Qué tal?

Puede ser en mitad de una conversación o, como muchas veces ocurre, al principio, alguien te mira, te sonríe de medio lado y te suelta un ¿Qué tal? y entonces ese nudo olvidado que tenías en la garganta te pide paso.

Y justo en ese momento en el que vas a contestar, de verdad, a esa pregunta y vas a pasar por esta vez de ese “bien” adornado con sonrisa que has dicho otras veces, la misma voz que pronunció el  ¿Qué tal? ha cogido carrerilla y está contándote, una tras una, todas sus novedades, sus cambios, sus dimes y diretes y tú te has casi, quedado petrificada con tu nudo en la garganta.

Somos así. A veces las personas soltamos una pregunta pero no esperamos a que nos respondan porque en realidad, no nos importa la respuesta. Y menos si va compuesta de muchas palabras.

Preguntamos y cruzamos los dedos sin que nos vean para que nos respondan rápido para poder empezar a hablar nosotros cuanto antes.

Hablamos. Hablamos mucho. Y escuchamos poco y mal.

Incluso leemos poco y mal, sólo hay que revisar alguna conversación de Whatssap donde cada uno de los dos que teclean en las pantallas hablan y contestan a cosas inconexas entre sí. No te hagas el extrañado. Seguro que tú también tienes algún chat de Whats que podría llamarse “Dónde vas?Manzanas traigo”.

Te han preguntado ¿Qué tal? y se han puesto a hablar y ahí estás tú, mirando a la otra persona, o a la pantalla, e intentando volver a controlar ese nudo que parece que ha empezado a desatarse. Lo intentas, sonríes, asientes para mostrar interés e intercalas algunas palabras en el poco tiempo en el que la otra persona coge aire para continuar narrando aventuras y desventuras, pero no lo consigues. El nudo está ahí, lo sientes, como cuando sientes el movimiento de ese nudo corredizo de esa pulsera vieja que llevas en la muñeca desde hace varios veranos…. Y ahora, ¿Qué hacemos?

Nos han removido por dentro y han doblado la esquina antes de que podamos volver ponernos en orden, así que sin haber respondido a ese ¿Qué tal? nos vamos igual que hemos venido o un poco peor.

Y aparece el mar.

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Ese que nos pregunta con el sonido de sus olas y siempre está ahí para escuchar la respuesta, aunque en ocasiones no se la digamos. Porque una va con sus nudos medio deshechos a sentarse frente al mar y termina con todos, hasta con los del pelo. Da igual que te sientes en la arena, te mojes los pies, o te pongas a saltar olas olvidándote del reloj y de todo el mundo que no se ha parado a tu alrededor. Da igual porque al final tú te has desenredado y te vas con arena en los bolsillos.

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