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Palabras de amor

Hoy es un día especial para mí; dos años desde que cambió el rumbo de mi vida personal. Os dejo esta carta de amor para el hombre que desde entonces camina a mi lado.

Vida mía,

Quieres que te escriba una carta de amor, que suelte el torrente de sentimientos que bullen por dentro, que lo plasme en blanco y negro para poder leerlo y releerlo. Para poder decir que esas palabras son tuyas porque para ti brotaron. Y yo no sé cómo explicarte que sólo escribo cuando estoy triste, cuando el mundo en derredor suena amortiguado, hueco, extraño. Cuando todo se ha tornado gris y no encuentro colores. Sin rastro de flores ni cantos de pájaros.

¿Sabes? Durante mucho tiempo pensé que yo era un amor intermedio. Alguien venido a dar, a entregar sin esperar nada a cambio. Pensé que mi destino era acoger a los corazones rotos y cauterizar sus heridas, mantenerlos vivos y palpitantes hasta que pudieran emprender un nuevo rumbo. Amar sin ser amada, dar sin recibir, entregar sin esperar contrapartida. Ser bálsamo, reposo, cura; alivio y consuelo para las almas doloridas y maltrechas que salieran a mi encuentro. Un faro en la oscuridad, una hoguera en las gélidas noches, un arrullo tranquilizador.

Soñaba que un día llegaría la primavera. Que la desazón que se lleva la risa a dentelladas marcharía con las ráfagas del viento. Y la luz lo inundaría todo, llovería alegría, florecerían caricias. Mis sonrisas darían sus frutos, volverían los trinos a acompañar mis mañanas.

Busqué y busqué, en los rincones, tras las cortinas. En paseos y cafés, en la red de redes, por el suelo. En tertulias y en trenes de cercanías, en casonas abandonadas, en grandes almacenes, en catálogos especializados. En la cresta de la ola, en un suburbio polvoriento, a la luz del día, a la tenue penumbra de un anochecer claro.

Nada. Voces huecas. Páginas rotas. Fotos desenfocadas. Murmullos intermitentes, gritos ahogados. Vidas apagadas, sin sabor, no merecía la pena hincar el diente. Pasó el verano entre telarañas y cantos de cigarra.

Y cuando decidí cerrar mi puerta y tapiar mis ventanas, te colaste por un resquicio. Pidiendo permiso. Para verme, para conocerme. Para cambiar las tornas de mi destino. Y te franqueé la entrada, movida por la curiosidad, sorprendida y adulada a partes iguales. Me arriesgué a perderme en batallas inútiles de nuevo porque esta vez el matiz era distinto. No parecía otro tropezón en la oscuridad, un traspiés, palos de ciego.

La certeza llegó cuando mi mano se deslizó en la tuya sin haberlo pretendido. No fue un movimiento consciente; era mi alma decidiendo por mí, adelantándose a mis movimientos, resistiéndose a manuales de urbanidad y reglas de comportamiento en la primera cita.

Mucho antes de besarnos, ya presentí que eras tú la revolución que pondría mi mundo patas arriba; el desconocido que me dejaría sin aliento, que moldearía mi barro para insuflarle nueva vida. Que contigo miraría al cielo buscando formas en las nubes y arco iris en las tormentas. Contigo pondría nombres nuevos a las estrellas y te miraría a los ojos dejando crecer el silencio reparador. Contigo haría música y bailaría danzas antiguas, eternas, vitales.

Supe que ahora me tocaba recibir regalos preciosos como un “Buenas noches, chiquitina” en la pantalla de mi móvil, o un susurro a media noche, un gemido al oído, un suspiro al despedirnos. Supe que me escuchabas y que recorrerías conmigo calles medievales o anchas avenidas plagadas de turistas, sólo porque yo lo había querido tanto. Que descubrirías madrigales, arias y conciertos de Año Nuevo, que te asomarías a mi mundo, que te alejarías de tu mar adorado si era necesario. Supe que no era ya intermedia, ni secundaria, ni prescindible.

Y la luz lo inundó todo, llovió alegría, florecieron caricias. Mis sonrisas dieron sus frutos, volvieron los trinos a acompañar mis mañanas.

Y desde entonces te quiero. ¿Cuánto? Todo. Todo lo que da de sí este corazón mío emocionado y palpitante.

Y desde entonces te amo. ¿Más que al primer amado? ¿Mejor que la primera vez que el amor me sacudió como un terremoto? Te amo como siempre supe que podía amar. Con cada respiración, cada aleteo de mis pestañas. Hasta la última molécula de mi ser. Con toda mi alma, con todo mi cuerpo.

Tuya, por siempre.
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